Foi no outono de 2005, em Barcelona, pela mão da Miriam Reyes, que eu conheci a poesia de José Antonio Ramos Sucre [1890-1930]. Desde então, várias vezes regressei a essa obra, com um renovado espanto. Quando, em 2013, representei Portugal no 10.º Festival Mundial de Poesía, na Venezuela, não podia imaginar que, para além das iniciativas promovidas em Caracas, seria escolhido para ir a Cumaná: terra onde Ramos Sucre nasceu e onde se encontra sepultado. E foi junto à sua sepultura que me comprometi com a tradução e a publicação da sua poesia em Portugal.
Depois da escolha de 150 poemas, acompanhei a tradução do Jorge Melícias. A introdução das notas e a revisão da tradução, assim como a redação do ensaio: ‘José Antonio Ramos Sucre: o poeta insone’, serão integradas num projeto de pós-doutoramento orientado pela Prof.ª Carmen Ruiz Barrionuevo, que começa agora, em setembro, no Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana / Cátedra José Antonio Ramos Sucre, Facultad de Filología da Universidad de Salamanca.

De uma extraordinária precocidade intelectual, Ramos Sucre foi um poeta ensimesmado que cumulou e combinou uma densa cultura clássica, uma erudição integrada e o interesse por Literatura e Humanidades. Conciliou como pôde distintas atividades — intérprete, tradutor, advogado, professor, diplomata… e poeta — com um temperamento depressivo, desgastantes insónias e uma disforia premente. Suicidou-se em Genebra, onde era cônsul, no dia 13 de junho de 1930.
Ramos Sucre deixou três livros de poemas em prosa — ‘La Torre de Timón’ [1925], ‘Las formas del fuego’ [1929] e ‘El cielo de esmalte’ [1929] —, profundamente herméticos e oníricos, dificilmente comparáveis e compartimentáveis.
Partilho aqui o primeiro poema: PRELUDIO, de ‘La Torre de Timón’:

“Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.”

… e LA PRESENCIA, de ‘El cielo de esmalte’:

“La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas espontáneamente en gemidos.”

Pintura: 3.ª versão de ‘A Ilha dos Mortos’ [1883] | Arnold Böcklin [1827-1901]